domingo, 21 de enero de 2018

Los conejos blancos - Leonora Carrington

Leonora Carrington

Leonora Carrington (Lancashire, 1917-2011) fué una escritora y pintora inglesa, nacionalizada mexicana. 

Como artista, formó parte del movimiento surrealista y conoció a Max Ernst, André Breton, Salvador Dalí y Joan Miró. Expuso en París, Ámsterdam y durante la Segunda Guerra Mundial se unió al Freier Künstlerbund, movimiento clandestino de intelectuales antifascistas.

Se casó con Max Ernst, pero poco después el fué detenido como enemigo del régimen de Vichy y Leonora tuvo que huir primero a España, luego a Lisboa y finalmente a México, donde vivió hasta el final de su vida.

En la última etapa se dedicó a la escultura en bronce. Publicó diez libros, uno de ellos es una recopilación de relatos titulada «Los conejos blancos» y éste es el cuento que da título al volumen.

Los conejos blancos  

Ha llegado el momento de contar los sucesos que comenzaron en el número 40 de la calle Pest. Parecía como si las casas, de color negro rojizo, hubiesen surgido misteriosamente del incendio de Londres. El edificio que había frente a mi ventana, con unas cuantas volutas de enredadera, tenía el aspecto negro y vacío de una morada azotada por la peste y lamida por las llamas y el humo. No era así como yo me había imaginado Nueva York. 
Hacía tanto calor que me dieron palpitaciones cuando me atreví a dar una vuelta por las calles; así que me estuve sentada contemplando la casa de enfrente, mojándome de cuando en cuando la cara empapada de sudor.
La luz nunca era muy fuerte en la calle Pest. Había siempre una reminiscencia de humo que volvía turbia y neblinosa la visibilidad; sin embargo, era posible examinar la casa de enfrente con detalle, incluso con precisión. Además, yo siempre he tenido una vista excelente.
Me pasé varios días intentando descubrir enfrente alguna clase de movimiento pero no percibí ninguno, y finalmente adopté la costumbre de desvestirme con total despreocupación delante de mi ventana abierta y hacer optimistas ejercicios respiratorios en el aire denso de la calle Pest. Esto debió de dejarme los pulmones tan negros como las casas.
Una tarde me lavé el pelo y me senté afuera, en el diminuto arco de piedra que hacía de balcón, para que se me secara. Apoyé la cabeza entre las rodillas, y me puse a observar una  moscarda que chupaba el cadáver de una araña, a mis pies. Alcé los ojos, miré a través de mis cabellos largos, y vi algo negro en el cielo, inquietantemente silencioso para que fuera un aeroplano. Me separé el pelo a tiempo de ver bajar un gran cuervo al balcón de la casa de enfrente. Se posó en la balaustrada y miró por la ventana vacía. Luego meció la cabeza debajo de un ala, buscándose piojos al parecer. Unos minutos después, no me sorprendió demasiado ver abrirse las dobles puertas y asomarse al balcón una mujer. Llevaba un gran plato de huesos que vació en el suelo. Con un breve graznido de agradecimiento, el cuervo saltó abajo y se puso a hurgar en su comida repugnante.
La mujer, que tenía un pelo negro larguísimo, lo utilizó para limpiar el plato. Luego me miró directamente y sonrió de manera amistosa. Yo le sonreí a mi vez y agité una toalla. Esto la animó, porque echó la cabeza para atrás con coquetería y me dedicó un elegante saludo a la manera de una reina. 
-¿Tiene un poco de carne pasada que no necesite? -me gritó.
-¿Un poco de qué? -grité yo, preguntándome si me habría engañado el oído.
-De carne en mal estado. Carne en descomposición.
-En este momento, no -contesté, preguntándome si no estaría bromeando.
-¿Y tendrá para el fin de semana? Si fuera así, le agradecería inmensamente que me la trajera.
A continuación volvió a meterse en el balcón vacío, y desapareció. El cuervo alzó el vuelo.
Mí curiosidad por la casa y su ocupante me impulsó a comprar un gran trozo de carne a la mañana siguiente. Lo puse en mi balcón sobre un periódico y esperé. En un tiempo relativamente corto, el olor se volvió tan fuerte que me vi obligada a realizar mis tareas diarias con una pinza fuertemente apretada en la punta de la nariz. De cuando en cuando bajaba a la calle a respirar.
Hacia la noche del jueves, noté que la carne estaba cambiando de color; así que, apartando una nube de rencorosas moscardas, la eché en mi bolsa de malla y me dirigí a la casa de enfrente.
Cuando bajaba la escalera, observé que la casera parecía evitarme.
Tardé un rato en encontrar el portal de la casa. Resultó que estaba oculto bajo una cascada de algo, y daba la impresión de que nadie había salido ni entrado por él desde hacía años. La campanilla era de esas antiguas de las que hay que tirar; y al hacerlo, algo más fuerte de lo que era mi intención, me quedé con el tirador en la mano. Di unos golpes irritados en la puerta y se hundió, dejando salir un olor espantoso a carne podrida. El recibimiento, que estaba casi a oscuras, parecía de madera tallada.
La mujer misma bajó, susurrante, con una antorcha en la mano.
-¿Cómo está usted? ¿Cómo está usted? -murmuró ceremoniosamente; y me sorprendió observar que llevaba un precioso y antiguo vestido de seda verde. Pero al acercarse, vi que tenía la tez completamente blanca y que brillaba como si la tuviese salpicada de mil estrellitas diminutas.
-Es usted muy amable -prosiguió, tomándome del brazo con su mano reluciente-. No sabe lo que se van a alegrar mis pobres conejitos.
Subimos; mi compañera andaba con gran cuidado, como si tuviese miedo.
El último tramo de escalones daba a una alcoba decorada con oscuros muebles barrocos tapizados de rojo. El suelo estaba sembrado de huesos roídos y cráneos de animales.
-Tenemos visita muy pocas veces -sonrió la mujer-. Así que han corrido todos a esconderse en sus pequeños rincones.
Dio un silbido bajo, suave y, paralizada, vi salir cautamente un centenar de conejos blancos de todos los agujeros, con sus grandes ojos rosas fijamente clavados en ella.
-¡Vengan, bonitos! ¡Vengan, bonitos! -canturreó, metiendo la mano en mi bolsa de malla y sacando un trozo de carne podrida.
Con profunda repugnancia, me aparté a un rincón; y la vi arrojar la carroña a los conejos, que se pelearon como lobos por la carne.
-Una acaba encariñándose con ellos -prosiguió la mujer-. ¡Cada uno tiene sus pequeñas costumbres! Le sorprendería lo individualistas que son los conejos.
Los susodichos conejos despedazaban la carne con sus afilados dientes de macho cabrío.
-Por supuesto, nosotros nos comemos alguno de cuando en cuando. Mi marido hace con ellos un estofado sabrosísimo, los sábados por la noche.
Seguidamente, un movimiento en uno de los rincones atrajo mi atención, entonces me di cuenta de que había una tercera persona en la habitación. Al llegarle a la cara la luz de la antorcha, vi que tenía la tez igual de brillante que ella; como oropel en un árbol de Navidad. Era un hombre y estaba vestido con una bata roja, sentado muy tieso, y de perfil a nosotros. No parecía haberse enterado de nuestra presencia, ni del gran conejo macho cabrío que tenía sentado sobre su rodilla, donde masticaba un trozo de carne.
La mujer siguió mi mirada y rió entre dientes.
-Ese es mi marido. Los chicos solían llamarlo Lázaro…
Al sonido de este nombre, familiar, el hombre volvió la cara hacia nosotras; y vi que tenía una venda en los ojos.
-¿Ethel? -preguntó con voz bastante débil-. No quiero que entren visitas aquí. Sabes de sobra que lo tengo rigurosamente prohibido.
-Vamos, Laz; no empecemos -su voz era quejumbrosa-, no me puedes escatimar un poquitín de compañía. Hace veinte años y pico que no veía una cara nueva. Además ha traído carne para los conejos.
La mujer se volvió y me hizo seña de que fuera a su lado.
-Quiere quedarse entre nosotros; ¿a que sí? -de repente me entró miedo y sentí ganas de salir,  de huir de estas personas terribles y plateadas y de sus conejos blancos carnívoros.
-Creo que me voy a marchar; es hora de cenar.
El hombre de la silla profirió una carcajada estridente, aterrando al conejo que tenía sobre la rodilla, el cual saltó al suelo y desapareció.
La mujer acercó tanto su cara a la mía que creía que su aliento nauseabundo iba a anestesiarme.
-¿No quiere quedarse y ser como nosotros? En siete años su piel se volverá como las estrellas; siete años tan solo, y tendrá la enfermedad sagrada de la Biblia: ¡la lepra!
Eché a correr a trompicones, ahogada de horror; una curiosidad malsana me hizo mirar por encima del hombro al llegar a la puerta de la casa, y vi que la mujer, en la balaustrada, alzaba una mano a modo de saludo. Y al agitarla, se le desprendieron los dedos y cayeron al suelo como estrellas fugaces.

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

sábado, 20 de enero de 2018

Los enigmas del robot Farfel - Martin Gardner

                
Título: Los enigmas del robot Farfel
Autor: Martin Gardner

Páginas: 167
 

Editorial: Salvat 

Precio:  5 euros
 
Año de edición: 2017

Martin Gardner colaboró durante algún tiempo en la revista de ciencia ficción «Asimov's Science Fiction» con un problema matemático en cada número ambientado en una pequeña historia de ciencia ficción.

En este volumen se recopilan 18 de esos acertijos, todos ellos muy entretenidos y llenos de ingenio. Al final, se incluyen las soluciones, pero casi todos ellos admiten una segunda variante un poco más complicada, algunos un tercer refinamiento del problema e incluso algunos una cuarta versión, demostrando una vez más que una de las situaciones típicas de la ciencia es que cuando se resuelve un enigma de la naturaleza, surgen al menos dos o tres más. La solución de todos ellos está incluida al final de cada parte.

Un libro muy divertido, con problemas de ajedrez, palíndromos, números primos, geometría, numerología y los más variados aspectos matemáticos. Una obra ideal para los amantes de los enigmas matemáticos, como lo eran Alejandro Magno, Arquímedes, Flavio Josefo y Carlomagno.

Este volumen es el primero de un serie coleccionable que está publicando la editorial Salvat en los quioscos españoles y seguro que se puede conseguir como número atrasado a un precio muy reducido.

Martin Gardner (Tulsa, 1914-2010) fué un divulgador científico, filósofo de la ciencia e ilusionista estadounidense. Estudió filosofía y después de graduarse se  dedicó al periodismo. Fué el responsable de la sección de Juegos matemáticos de «Scientific American» durante nada menos que 30 años, desde 1956 hasta 1986 y a lo largo de esos años trató en profundidad los problemas y temas de investigación más importantes de las Matemáticas.

Era un divulgador muy respetado y en 1977 dió a conocer en su columna  a tres investigadores del MIT, Rivest, Shamir y Adleman, y el nuevo sistema de encriptación RSA. Lanzó un desafío para ver si alguien era capaz de descifrar un mensaje encriptado, que finalmente fué resuelto después de 17 años de intentos por un equipo de 600 voluntarios en un ejemplo de computación colaborativa que empleó más de 1600 ordenadores durante seis meses. 

Publicó 27 títulos sobre problemas y paradojas matemáticas, divulgación y filosofia de la ciencia. Cualquiera de ellos es una fiesta para la inteligencia.

Martin Gardner

Publicado por Antonio F. Rodríguez.

viernes, 19 de enero de 2018

Cartas marruecas - José Cadalso


Título: Cartas marruecas
Autor: José Cadalso

Páginas: 288
 

Editorial: Espasa libros
 
Precio: 8,95 euros
 

Año de edición: 2011

Entre col y col, una lechuga. Siguiendo el refrán, no está mal leer de vez en cuando un clásico para variar y saber lo que es bueno. Hoy hemos elegido las «Cartas marruecas», un ejemplo paradigmático del género epistolar, planteado siguiendo la misma idea de las famosas «Cartas persas» de Montesquieu, de las que ya nos ocuparemos en otra ocasión: un pensador simula las personalidades de dos extranjeros que intercambian correspondencia sobre un país y aprovecha así el expediente para ofrecer otra visión de su patria, satírica y lúcida. Una manera inteligente de suavizar la crítica, hacerla más amena y que resulte hasta divertida.

Se trata de 90 cartas, de dos o tres páginas cada una, publicadas en 1879 por entregas en «El Correo de Madrid», en las que el ilustrado español, que había viajado por media Europa y hablaba seis idiomas se disfraza de intelectual marroquí, y construye una descripción de nuestro país incisiva, irónica e inapelable. En el siglo XVIII la brecha cultural e intelectual entre España y Europa era abrumadora. Tan acusada que permitió a Alejandro Dumas pronunciar aquella sentencia, un poco cruel, que nos ha acompañado durante años: «África empieza en los Pirineos». Especialmente demoledora es la cuarta carta, en la que se repasan todos los aspectos de la sociedad de la época y el progreso en todas ellas se ve ue es bien escaso.

Pero estas misivas no se quedan solo en una crítica de nuestro país, mencionan también muchas de sus cualidades, a menudo positivas, como la enorme variedad y riqueza de trajes, leyes, idiomas, monedas, usos y costumbres, la riqueza de la tierra en recursos naturales y la valentía de su pobladores, siempre bravos y en guerra, el mérito de las gestas de los conquistadores y la falsedad completa de la leyenda negra que se le atribuye, que el autor rebate punto por punto.

Se realiza también un interesante análisis histórico de las causas de la decadencia de España, mencionando entre otras causas el despoblamiento que supuso la conquista de América y el mantenimiento posterior de tantos ejércitos en tantos frentes. En tiempos de los Reyes Católicos, España tenía veinte millones de habitantes y en los años en los que se escribió esta obra, tan solo diez (esas cifras creo que son erróneas, pero dan idea del problema).

Y se exponen muchas ideas curiosas y atinadas, con gracia y vehemencia, como la ridiculez de las modas, la pesadez de los escolásticos, la irracionalidad de la nobleza hereditaria, la situación de semiesclavitud de hecho de la mujer, el corporativismo, la barbarie de las corridas de toros y muchos otros asuntos, con frases tan divertidas como ésta: «El alemán pide limosna cantando, el francés llorando y el español, regañando».

Un delicioso libro ameno y lleno de sentido del humor, escrito con una fina ironía que lo traspasa todo y convierte el discurso e más amable. Llaman la atención los puntos negativos que todavía se mantienen en nuestro país, más de dos siglos después, y los problemas que aún esperan solución. Un libro muy recomendable para leer a salto de mata en cualquier momento, que tiene una fama muy merecida. Todo un clásico. 

José Cadalso (Cádiz, 1741-1782) fué un militar y escritor español del siglo XVIII. Nació en una familia vizcaína, su madre murió en el parto y su padre, que se fué a hacer las américas, no le conoció hasta trece años más tarde. 

Un tío jesuita se encargó de su educación y le envió a Francia como parte de su formación. Vuelto su padre de las Indias, se encontró con su hijo en París, quedó encantado con él y se lo llevó a recorrer mundo, a Londres, Italia y Alemania. Cadalso siguió viajando, primero a París, luego a Holanda y Dinamarca, donde se enteró de la muerte de su padre. 

Nuestro hombre tenía 20 años, hablaba español, latín, francés, inglés, italiano y alemán, y estaba completamente arruinado. Cuando volvió a España, se encontró con un país atrasado y alejado de la realidad europea. Se alistó en un regimiento de caballería, se hizo caballero de la Orden de Santiago, fué testigo del motín de Esquilache, le salvó la vida al Conde de O'Reilly, vivió amoríos apasionados y murió en combate después de alcanzar el grado de coronel.

Dejó varias obras que se han convertido en clásicos indispensables.

Retrato de José Cadalso (1855)

Publicado por Antonio F. Rodríguez.